Pero… ¿hay crisis o no?

Andan todos los grupos parlamentarios y gran parte de los medios de comunicación a la greña con el Presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, a cuenta de la utilización o no del término crisis para referirse a la situación de graves dificultades que está viviendo la economía española, como la economía internacional en  su conjunto, dicho sea de paso. ¿Pero qué ésconde esta insistencia en hablar de crisis?

La verdad es que se me ocurren varias explicaciones, alguna de ellas demasiado dura. Según se aprecie ignorancia o maledicencia en sus argumentos. Hoy, un famoso director de un periódico de tirada nacional, reclamaba en su editorial que se tomara “alguna medida impopular”. Blanco y en botella. Esa actitud de intentar sacar tajada de los momentos de dificultad tiene un nombre, que por educación y buen gusto prefiero ahorrarme. Precisamente por eso creo que la postura del Presidente Zapatero es totalmente justificable y lógica. ¿Hay crisis? Seguramente sí… o estamos técnicamente en ciernes de entrar en una situación como esa. Ese es un debate, sobretodo, técnico. Pero ¿hay que estar todo el día con el raca-raca de “hay crisis”? ¿A quien beneficia? A nadie.

El otro día, hablando con un amigo economista, me comentó que la duración de la “crisis”, o de la grave desaceleración y las graves dificultades que dice Zapatero, depende mucho de las propias espectativas de recuperación que existan. Zapatero y el equipo económico del gobierno es muy consciente de ello y, por eso, intentan acercarse a este grave problema transmitiendo confianza y optimismo, y no desconfianza y pesimismo, que en este caso es sinónimo de prolongación de la “crisis”. ¿A alguien le interesa que esto dure más de lo estrictamente necesario?

Eso no significa maquillar la realidad, que con los datos en la mano es suficientemente evidente. Eso significa, sencillamente, no regodearse en la dificultad del momento, para ayudar a la derecha a justificar su derrota electoral y al resto del arco parlamentario a justificar sus discretos resultados (dicho sea con todo el respeto), que al final parece ser el motivo de toda esta pelea.

Eso significa transmitir confianza en que las medidas tomadas son útiles para ayudar a paliar los efectos para aquellos que peor lo están pasando, así como transmitir confianza, también, en la potencialidad de la economía española para salir de esta situación. Esa es la actitud reponsable y necesaria. Lo importante, una vez más, no es el nombre de la cosa, si no las soluciones, las medidas y el mensaje que se traslada a la sociedad, especialmente al mundo económico.  Y el mensaje, pese a todo, ha de ser positivo. Si transmites optimismo, confianza e ilusión hay esperanza para remontar cualquier situación, por grave que sea. SI transmites pesimismo, desconfianza y cero ilusión, sólo consigues hundirte cada día un poco más. Parece mentira que algunos (y me refiero especialmente a la derecha española) no se hayan enterado, después del 9 de marzo, que la gente no compra el catastrofismo. Pues igual que la gente, los mercados.

Dejo para otros, y para otro momento si toca,  el debate sobre las causas de la “crisis” y sobre si equivocarse en las previsiones es, por norma, un intento de engañar a los ciudadanos. Algunos (en su mayoría los mismos que se empeñan en machacar con la crisis) pretenden hacernos creer que la culpa es de Zapatero y de su política económica y que nada tiene que ver el precio del petróleo, la subida del precio de los cereales, el lío de las hipotecas subprime en EEUU o el pinchazo del globo especulativo inmobiliario. Los mismos están empeñados en decir que ZP mintió a los ciudadanos porque sus previsiones estaban equivocadas. Quizás habría que pedir cuentas, ahora, al FMI o la OCDE, que con sus previsiones más pesimistas en la época de crecimiento de la economía española, hacían un flaco favor a su desarrollo. ¿Nadie lo recuerda? “Tot plegat” me parece una broma de mal gusto. Sería como pensar que España no forma parte de Europa y de un mundo globalizado.  ¿A que no cuela? Estos siguen pensando que la gente es tonta. ¡Ja!

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