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per Cristian Alcázar

Un beso eterno, Pili

rosaMe cuesta describir con palabras lo que sentí el pasado 30 de abril cuando mis amigos Mónica y Alberto me llamaron para comunicarme que a Pili (Pili Torre), le habían encontrado un tumor en la cabeza. Yo acababa de llegar a Ulea, el pueblo de mi padre y mi lugar habitual de descanso. Me quedé helado, sin capacidad de reacción. De hecho, tardé dos días en decidirme a llamar a Pili.  Sentí pánico al pensar que, una vez más, podía ver como el cáncer (maldito cáncer) se llevaba por delante la vida de una buena persona. Hoy, 17 de junio, sólo un mes y medio después, sin casi tiempo para despedirnos de ella, ese pánico se ha convertido en realidad y Pili ha fallecido. Esta mañana, después de ingresar ayer en muy mal estado, en el Hospital de Sant Pau. Otra vez impotencia, incapacidad para reaccionar y tristeza, mucha tristeza.

Cuando por fin me decidí a llamar a Pili, ella como siempre me sorprendió. Pese a que no podía disimular su miedo y su preocupación, su estado de ánimo era bastante mejor de lo que me esperaba. Hablamos largo rato. Comentamos lo que le decían los médicos, las perspectivas que tenía y cómo podía afectar esta enfermedad a su hija, a Marta, que con 12 años se iba a tener que enfrentar, por segunda vez, a la dura realidad del cáncer. Su padre, hace pocos meses que pasó por ello. Me siento tan cercano a Marta… a mi me pasó algo parecido, cuando tenía 16 años, y puedo comprender lo que debe estar pasando por su cabeza, lo que debe estar sintiendo. Yo perdí a mi padre, fruto de un cáncer que se lo llevó en 3 meses. Al año siguiente, a mi madre le detectaban un tumor en el pecho, del que por suerte se recuperó en poco tiempo. Pero poca gente imagina lo que puede pasar por la cabeza de un chico o una chica que ve cómo, en un año, toda su realidad familiar y personal puede saltar por los aires, perdiendo a su gente más querida, a sus referentes, a sus padres, tan necesarios siempre.  Por eso hoy estoy triste por la muerte de Pili, pero mi pensamiento está con Marta. Estoy seguro que su padre la ayudará a salir adelante. Lo quiere mucho. Pero va a ser duro.

Yo, como decía, pese a haber podido hablar con Pili en varias ocasiones durante estas últimas semanas, no pude ir a verla. Quise hacerlo antes de que empezara la quimioterapia, pero no pude. Hoy, cuando me han comunicado que estaba en sus últimas horas, he sentido la necesidad imperiosa de ir a verla, aunque fuera ya en sus últimos momentos. No me ha dado tiempo. A las pocas horas me han comunicado su muerte.  Seguramente hoy, más que nunca, me planteo si realmente soy consciente de cuáles son las cosas auténticamente importantes de esta vida.

Yo conocí a Pili en octubre de 2004. De hecho había hablado alguna vez con ella por teléfono antes, pero nunca había tenido la oportunidad de hablar con ella en persona. La conocí en las dependencias del Grupo Parlamentario Socialista en el Parlament de Catalunya, su casa durante muchos años. Allí estaba ella, junto al Coordinador de entonces, Xavier Menéndez, dándome las instrucciones de horarios y funciones a desempeñar en el pool administrativo del Grupo, el día de mi incorporación.

Pili era una persona con un carácter explosivo y, a veces, incluso descarado. Con el tiempo comprendí -y hoy me reafirmo en ello más que nunca- que ese era el escudo bajo el que escondía una sensibilidad extrema.  La Pili, luchadora, trabajadora, reivindicativa y entrañablemente descarada, en el fondo, escondía una mujer frágil y con los sentimientos a flor de piel. Una buena persona.  Con mucho cariño para dar y con muchas ganas de recibir cariño. Por lo que se, por lo que ella contaba y lo que he oído contar a algunas de sus amigas, la vida no le puso nunca las cosas fáciles. Y ella siempre supo tirar adelante. Y luchó por su vida y por su  hija. De hecho, lo que realmente la mantenía con alguna esperanza en las últimas semanas era pensar que tenía que luchar por su hija.

De Pili me quedo con muchos recuerdos. Muchas horas de trabajo conjunto, muchas conversaciones, algunas comidas y cenas. Siempre la recordaré con el cigarro en la mano, nunca supo ni quiso dejarlo. La recordaré reuniéndose conmigo, con Rita y Mónica, en su casa, para hablar sobre qué propuestas podíamos hacer para negociar el convenio del PSC, su casa, el partido con el que se “casó” muy joven y al que siempre fue fiel. A Pili la recordaré hablando de qué era, para ella, el socialismo. A Pili la recordaré hablando de su gran amigo, el malogrado Xavier Soto. Pasados muchos años de su muerte, seguía hablando de él con admiración y mucho cariño. Con auténtica lealtad a lo que su figura humana y política ha significada para el socialismo, especialmente para los jóvenes. A Pili la recordaré, también, bajándose repentinamente de mi coche para evitar una pelea entre dos chicas en Paseo San Juan. No se lo pensó ni un segundo. Se bajó del coche a separarlas y al final casi le pegan a ella. A Pili la recordaré yendo y viniendo, preocupada por si su hija llegaba tarde al cole o salía pronto y no podía ir a recogerla. A Pili la recordaré enamorada. A Pili la recordaré en su casa, hace pocos meses, cenando con Mónica, Marta y conmigo, riéndonos del mundo.  Lo cierto es que los últimos años Pili no ha sido muy feliz. Pero de eso prefiero no hablar…

A Pili la recordaré durante nuestra última conversación, hace pocos días. Ella me dijo que iba a luchar por salir adelante. Me dijo que iba a luchar por su hija, que era consciente de la gravedad de su enfermedad, pero que lucharía por salir adelante por Marta. Desgraciadamente no ha podido vencer, pero no se rindió, dando un ejemplo más de la fuerza que da el amor.

No me he podido despedir de ti, Pili. Me hubiera gustado decirte, en estos últimos momentos, el cariño que te tengo. Decirte esas cosas que normalmente no decimos, pese a sentirlas. Y darte un beso, un beso eterno y un “hasta siempre”. Hasta siempre, Pili.

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